La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Era una senda estrecha y sinuosa que atravesaba una espesa arboleda de viejos abetos escoceses, y Catherine, atraída por su apariencia lúgubre, y deseosa, naturalmente, de entrar en él, no pudo, pese a la desaprobación del general, ser disuadida de seguir adelante. Al advertir él esta inclinación en las jóvenes volvió a recordar el innecesario peligro que representaba para su salud, pero tuvo la suficiente cortesía para no seguir oponiéndose, aunque se disculpó por no poder acompañarlas; aquellos rayos de sol no le parecían nada prometedores. Dijo que se encontraría con ellas yendo por otro camino, y dio media vuelta. Catherine se sorprendió al descubrir lo mucho que le aliviaba su ausencia. Pero como la sorpresa era menor que el alivio, no le restaba fuerza a éste, y empezó a hablar con alborozo de la deliciosa melancolía que le inspiraba la arboleda.
—Le tengo un cariño especial a este lugar —dijo Eleanor suspirando—. Era el sendero preferido de mi madre.
Era la primera vez que Catherine oía mencionar a la señora Tilney por algún miembro de su familia, y el interés que suscitó este tierno recuerdo se manifestó en seguida en su alterado gesto y en la atenta pausa con que esperó a oír algo más.