La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¡SolÃamos pasear por aquà tan a menudo! —siguió Eleanor—. Aunque en aquellos dÃas no me gustaba tanto como me gusta desde entonces. En aquella época me sorprendÃa el gusto de mi madre. Pero, ahora, su recuerdo lo hace un lugar entrañable.
«¿No deberÃa resultar entrañable también para su marido?», pensó Catherine. Pero el general no habÃa querido ir por allÃ. Y como la señorita Tilney continuaba callando, se aventuró a insinuar:
—¡Su muerte debió de causarte una enorme aflicción!
—SÃ, muy grande, cada vez mayor —repuso su amiga con voz débil—. Yo sólo tenÃa trece años cuando sucedió, y aunque sentà perderla tanto como todos, no sabÃa… no comprendà la importancia del hecho. —Guardó silencio un momento y luego añadió—: Como sabes, no tengo hermanas, y aunque Henry, es decir, mis hermanos, son muy cariñosos, y Henry pasa mucho tiempo aquÃ, lo que le agradezco sobremanera, más dé una vez no puedo evitar sentirme sola.
—Seguro que la echas muchÃsimo de menos.
—Mi madre hubiera estado siempre aquÃ. HabrÃa sido una amiga constante; su influencia hubiera sido mayor que ninguna otra.
Catherine le preguntó si habÃa sido una mujer maravillosa, si era bella, si habÃa algún cuadro suyo en la abadÃa, y también por qué le gustaba tanto aquella arboleda. ¿Tal vez porque se sentÃa abatida?