La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Las preguntas surgieron una tras otra atropelladamente. Las tres primeras fueron contestadas en seguida y de modo afirmativo, pero como las dos siguientes no recibieron respuesta, el interés de Catherine por la fallecida señora Tilney fue aumentando a cada pregunta, fuese o no respondida. De su infelicidad en el matrimonio estaba segura. El general había sido sin duda un marido desconsiderado. Si no le gustaba su vereda favorita, ¿cómo podía haberla amado? Además, aunque era bien parecido, había algo en sus rasgos que delataba que no se había comportado bien con ella.
—Supongo que tendréis un retrato suyo —preguntó enrojeciendo al pensar en la redomada astucia de su pregunta— en la habitación de tu padre.
—No, iban a colgarlo en el salón, pero a mi padre no le gustaba y durante algún tiempo estuvo sin sitio. Poco después de su muerte conseguí que me lo dieran y lo colgué en mi dormitorio; me encantará enseñártelo, se parece mucho.
¡Otra prueba más! ¡El estupendo retrato de la difunta despreciado por su marido! ¡Debió de haber sido horriblemente cruel con ella!