La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Catherine no intentó ocultarse a sí misma por más tiempo los sentimientos que, pese a toda su obsequiosidad, el general había suscitado en ella desde hacía tiempo; y lo que en un principio había sido temor y desagrado se convirtió ahora en una absoluta aversión. ¡Sí, aversión! Su crueldad con una mujer tan encantadora le volvía odioso ante ella. ¡De sobra conocía por sus lecturas esa clase de personajes! El señor Allen solía tildarlos de exagerados e inverosímiles, pero aquí había una prueba palmaria de que se equivocaba.
Cuando acababa de llegar a esta convicción, el sendero terminó desembocando directamente donde las esperaba el general, y, pese a toda su virtuosa indignación, se vio de nuevo obligada a pasear con él, escucharle e incluso sonreír cuando él lo hacía. Sin embargo, como ya no podía disfrutar con lo que la rodeaba, empezó a caminar con lasitud; el general se percató de ello y, preocupado por su salud, con lo cual parecía vengarse de sus malos pensamientos, se apresuró a regresar a la casa. Dijo que se reuniría con ellas al cabo de un cuarto de hora y el grupo volvió a deshacerse, pero medio minuto después el general llamó a Eleanor para prohibirle taxativamente comenzar la visita de la abadía hasta tanto él no regresara. Esta nueva muestra del interés del general por posponer lo que ella tanto deseaba le pareció a Catherine sobremanera sorprendente.