La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Hasta el regreso del general transcurrió una hora, que la joven invitada dedicó a meditar, de manera no muy benévola, sobre el carácter de su anfitrión. «Esta prolongada ausencia y esos paseos solitarios no hablan de un espíritu en paz consigo mismo, ni de una conciencia libre de remordimientos». Cuando por fin apareció, cualesquiera que hubieran sido sus tenebrosas cavilaciones, podía todavía sonreírles… La señorita Tilney, comprendiendo en parte la curiosidad de su amiga por ver la casa, volvió a proponer, al poco tiempo, que la visitaran. Su padre, contra lo que suponía Catherine, no tenía la menor intención de retrasarlo más, salvo para detenerse cinco minutos a encargar que llevaran unos refrescos al salón a fin de que estuvieran listos cuando regresaran, y parecía finalmente dispuesto a acompañarlas.