La Abadía de Northanger

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Se pusieron en marcha. Abría el paso el general con aire majestuoso y porte solemne, que si bien llamaba la atención, no podía disipar las dudas de la bien leída Catherine. Atravesaron el vestíbulo, el salón, una antecámara sin uso práctico, y llegaron a una magnífica sala, tanto por sus dimensiones como por su mobiliario: el verdadero salón, que se reservaba sólo a los invitados de importancia. Era aquélla una estancia noble y grandiosa, ¡una maravilla! Eso era todo lo que Catherine podía decir, pues su mirada, poco experta, apenas sabía percibir las tonalidades del satén, de modo que los elogios detallados, las alabanzas de más enjundia, estuvieron a cargo del general. La suntuosidad y la elegancia de la decoración de las salas no decían nada a Catherine, a quien los muebles posteriores al siglo XV no interesaban lo más mínimo. Una vez que el general satisfizo su propia curiosidad con un examen minucioso de todos los bien conocidos ornamentos, pasaron a la biblioteca, habitación que, en su estilo, poseía tanta magnificencia como la anterior y contaba con una colección de libros que un hombre humilde habría contemplado con orgullo. Con una sensación más profunda que antes, Catherine escuchaba, y admiraba; tomó cuanto pudo de aquel almacén de sabiduría recorriendo con la mirada los títulos de medio estante y se mostró dispuesta a proseguir. Pero no surgían las series de habitaciones que ella había esperado. Grande como era el edificio, lo habían recorrido ya en su mayor parte, y cuando Catherine supo que las seis o siete habitaciones que había visto junto con la cocina ocupaban los tres lados del patio, apenas pudo creerlo ni reprimir la sospecha de que había numerosas cámaras secretas. Con todo, le alivió un poco el hecho de que, para regresar a las salas de uso común, tuvieran que atravesar otras de menor importancia que daban al patio y que, con algún que otro pasadizo, no demasiado intrincado, comunicaban los diferentes pabellones; aún más sosegada quedó cuando le dijeron que se hallaba justo encima del antiguo claustro y le mostraron lo que quedaba de las celdas; observó diversas puertas que no le abrieron ni le explicaron y se encontró en una sala de billar, primero y en los aposentos privados del general, después, sin poder entender cómo se comunicaban ni saber muy bien qué camino tomar para salir de allí. Finalmente, cruzaron una habitación pequeña y oscura, la de Henry, que estaba llena de libros, escopetas y abrigos desparramados por todas partes.


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