La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Al llegar al comedor, que Catherine ya conocía pues cenaban allí todos los días a las cinco, el general no pudo privarse del placer de recorrerlo de arriba abajo para mayor información de la señorita Morland, a quien ni le interesaba ni le importaba. Luego procedieron, por el camino más rápido, a visitar la cocina; era la antigua cocina del convento, embellecida por los sólidos muros y el humo de otros tiempos y los fogones y hornos del presente. La mano reformadora del general no había permanecido inactiva; en el espacioso escenario se habían adoptado todos los inventos modernos que facilitan la labor de un cocinero; donde el genio de otros había fracasado, el suyo había producido la deseada mejora. Sólo sus aportaciones a aquella parte del edificio le habrían hecho merecer, a juicio de cualquier época, un puesto destacado entre los benefactores del convento.