La Abadía de Northanger

La Abadía de Northanger

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En los muros de la cocina terminaba la parte antigua de la abadía, pues el padre del general había ordenado derribar, a causa de su estado ruinoso, el cuarto pabellón del cuadrángulo, con el fin de erigir otro en su lugar. Todo cuanto había de venerable en el edificio terminaba allí. El pabellón reconstruido no sólo era nuevo sino que lo proclamaba a voces. Destinado sólo a los obradores y oculto tras los establos, no habían considerado necesario mantener en él la unidad arquitectónica. A Catherine le indignaba pensar en quién había demolido aquella parte, que debió de haber sido mucho más valiosa que todo el resto, por razones de mera economía doméstica, y, de habérselo permitido el general, de buena gana habría evitado la joven el mal rato de recorrer escenarios tan desoladores. Pero si él pecaba de vanidad era en la organización de los obradores, y como estaba seguro de que para una persona como la señorita Morland debía de resultar interesante conocer las habitaciones y comodidades con que se aliviaban los trabajos de los servidores, prosiguió su visita sin aducir disculpa alguna. Hicieron una breve inspección de todas ellas, y Catherine quedó más impresionada de lo que había supuesto ante la multiplicidad de las instalaciones. Las funciones que cumplían en su casa de Fullerton una despensa de forma irregular y una incómoda trascocina, que se consideraban suficientes, se desempeñaban aquí en compartimientos adecuados, cómodos y espaciosos. El número de criados que aparecían continuamente no le sorprendía menos que el número de habitaciones. A cada paso se topaban con muchachas calzadas con zuecos que se detenían para hacer una reverencia antes de desaparecer, o con criados sin uniforme que se escabullían discretamente. Y, sin embargo, ¡aquello era una abadía! ¡Qué diferente era aquella organización doméstica de la que solía encontrarse en los libros referida a abadías y castillos, sin duda más grandes que Northanger, donde todas las sucias tareas domésticas estaban confiadas a un par de manos femeninas, en el mejor de los casos! La señora Allen solía admirarse a menudo de cómo conseguían dar abasto con todo aquello, y ahora que Catherine comprobaba todo lo que se necesitaba, también ella empezó a sorprenderse.


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