La Abadía de Northanger

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Acto seguido, regresaron al vestíbulo para, subiendo por la escalera principal, poder elogiar la belleza de las maderas y de la rica ornamentación de talla. Al llegar arriba tomaron la dirección opuesta a la galería donde Catherine tenía su habitación y, poco después, accedieron a otra estancia de semejante traza pero de mayor amplitud. Allí le mostraron sucesivamente tres grandes alcobas, con sus correspondientes tocadores, equipadas perfectamente y con sumo refinamiento. Todo lo que el dinero y el buen gusto pueden hacer para prestar comodidad y elegancia a una habitación se había empleado en ellas, pero, al haber sido amuebladas en los últimos cinco años, tenían todo cuanto complacería a la mayor parte de la gente y carecían de todo cuanto podía encantarle a Catherine. Cuando estaban admirando el último dormitorio, el general, tras hacer una breve mención de algunos de los distinguidos personajes que habían honrado aquellos aposentos en diferentes ocasiones, se volvió con gesto sonriente a Catherine y le expresó su confianza en que, en un futuro próximo, entre los invitados que recibiera se hallaran «nuestros amigos de Fullerton». Catherine recibió el inesperado cumplido lamentando profundamente no poder pensar bien de aquella persona tan bien dispuesta hacia ella y tan llena de cortesía para con toda su familia.



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