La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger La galería terminaba en unas puertas de fuelle que la señorita Tilney acababa de abrir, y cuando la joven estaba a punto de hacer lo mismo con la primera puerta que quedaba a su izquierda, el general la llamó apresuradamente y, parecióle a Catherine, con bastante irritación, y le preguntó adónde iba. ¿Había algo más que enseñar? ¿No había visto ya la señorita Morland todo lo que podía merecer su atención? ¿No pensaba que a su amiga le gustaría tomar un refresco después de tanto ejercicio? La señorita Tilney retrocedió al instante y las pesadas puertas de fuelle se cerraron ante la afligida Catherine que, al vislumbrar fugazmente lo que había detrás, un pasillo más estrecho, muchas más puertas y, tal vez, una escalera de caracol, creía por fin hallarse ante algo que mereciera su atención. Mientras regresaba de mala gana por la galería, pensó que hubiera preferido que le dejaran explorar aquel extremo de la casa, antes que admirar los lujos de todo el resto de la abadía. El ostensible interés del general por impedirlo espoleaba más sus deseos. Sin duda había algo que ocultar; su fantasía, aunque errada últimamente en una o dos ocasiones, no podía engañarla en este caso. Lo que escondían allí podía deducirse fácilmente de unas breves palabras que la señorita Tilney le dirigió mientras bajaban la escalera a cierta distancia del general: