La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Iba a enseñarte la habitación de mi madre… la habitación donde falleció. —Éstas fueron sus palabras y, aun siendo pocas, Catherine leÃa en ellas como en las páginas de un libro abierto. ¡No tenÃa nada de extraño que el general no quisiera mirar los objetos que encerraba aquella habitación! Con toda probabilidad no habÃa entrado en ella desde que se produjo la horrible escena que liberó a su mujer de todos sus sufrimientos y dejó a su marido sumido en el remordimiento.
Cuando volvió a estar a solas con Eleanor, Catherine se aventuró a expresar sus deseos de que le dejaran ver esa habitación, asà como el resto de aquella parte de la casa. Eleanor prometió encargarse de ello en cuanto dispusieran de un momento apropiado. Catherine la entendió perfectamente; era preciso vigilar al general para poder entrar en aquel dormitorio.
—Seguirá tal y como lo dejó, ¿no? —preguntó Catherine en tono muy sentido.
—SÃ, exactamente igual.
—¿Y cuánto tiempo hace que murió tu madre?
—Han pasado nueve años.
Catherine sabÃa que nueve años era un tiempo insignificante comparado con el que solÃa transcurrir tras el fallecimiento de una mujer desgraciada hasta que su habitación era puesta en orden.
—La acompañarÃas hasta el último momento…