La Abadía de Northanger

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—No —repuso la señorita Tilney con un suspiro—. Por desgracia, no me encontraba en casa. Su enfermedad fue fulminante: antes de que yo pudiese llegar, todo había terminado.

A Catherine se le heló la sangre en las venas al pensar en las terribles implicaciones que inevitablemente suscitaban aquellas palabras. ¿Era posible aquello? ¿Podía el padre de Henry…? Y sin embargo, ¡cuántos hechos habría que justificarían incluso las más negras sospechas! Aquella noche, cuando las dos amigas hacían sus labores, Catherine estuvo observando al general mientras paseaba despacio por el salón hora tras hora, con los ojos clavados en el suelo, el ceño fruncido y sumido en un caviloso silencio. Tuvo la certeza de que podía culparlo con razón. ¡Eran los ademanes y la actitud de un Montoni![6] ¿Cómo podían delatarse con mayor claridad las tristes meditaciones de un espíritu en el que brillaba aún una tímida llama de humanidad y se entregaba al espantoso recuerdo culpable de escenas pasadas? ¡Pobre infeliz! La inquietud hizo a Catherine dirigir la vista tan a menudo hacia el general que llamó la atención de la señorita Tilney.

—Mi padre —susurró— suele pasearse así por la habitación. No es nada insólito en él.

«¡Tanto peor!», pensó Catherine. Ejercicio tan intempestivo casaba perfectamente con la extraña inoportunidad de sus paseos matinales y no auguraba nada bueno.


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