La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Pero ni el asunto alegado ni el magnífico cumplido pudieron impedir que Catherine pensara que era una causa muy diferente la que ocasionaba un retraso tan grave en sus habituales horas de reposo. Pasar las horas en vela cuando la familia duerme por culpa de unos estúpidos papeles no parecía convincente. Debía de existir una causa más profunda; seguro que se dedicaba a una actividad que sólo podía hacerse mientras los demás dormían; y la conclusión que necesariamente se derivaba de ello era que la señora Tilney todavía vivía, que estaba encerrada por causas desconocidas, y que recibía de las manos de su desalmado marido la provisión nocturna de una negra pitanza. Por espantosa que le resultase la idea, era al menos más soportable que esa muerte prematura e injusta que, en poco tiempo y en el curso natural de los acontecimientos, la habría liberado de la existencia. Lo fulminante de su supuesta enfermedad, la ausencia de su hija y, probablemente, de los demás hermanos, todo apoyaba la suposición de su confinamiento. Las causas (tal vez los celos, o una crueldad malsana) era algo que quedaba aún por desentrañar.