La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Dándole vueltas a estas ideas mientras se desvestía, se le ocurrió de pronto que quizá aquella misma mañana hubiera pasado incluso por el mismísimo lugar donde vivía prisionera aquella desventurada; tal vez había estado a unos pocos pasos de la celda donde agonizaba lentamente. Porque ¿qué lugar del edificio podía ser más adecuado para ese propósito que aquel que conservaba los vestigios de la antigua planta de la abadía? En aquel corredor enlosado y de elevados arcos, que ella había pisado con especial reverencia, recordaba muy bien unas puertas sobre las que el general no había hecho comentario alguno. ¿Adónde conducirían? En confirmación de esta conjetura, se le ocurrió además que la galería prohibida, donde se encontraban las habitaciones de la infortunada señora Tilney, se hallaba, si su memoria no le engañaba, exactamente encima de la sospechosa hilera de celdas; y aquella escalera que había junto a las habitaciones que había vislumbrado fugazmente, sin duda, comunicaba mediante algún sistema secreto con las celdas; hecho que debía de haber favorecido los despiadados manejos del marido. ¡Probablemente se la llevó por las escaleras tras haber provocado su inconsciencia!
Catherine se sorprendía a veces de la audacia de sus propias suposiciones y temía entonces haber llegado demasiado lejos; pero estando basadas en tales apariencias, rechazarlas era imposible.