La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Fascinantes como eran todas las obras de la Radcliffe, e incluso las de sus imitadores, tal vez no era en ellas donde había que buscar la esencia de la naturaleza humana o, cuando menos, la de los condados del interior de Inglaterra. Quizá esas novelas ofrecieran una imagen fiel de los Alpes y de los Pirineos, con sus pinares y sus vicios; Italia, Suiza y el sur de Francia podían ser tan ricos en horrores como en esos relatos se afirmaba, pero Catherine no osaba dudar de su propio país; aunque, si la hubieran forzado mucho, habría renunciado a sus extremos del norte y del oeste. Pero, sin lugar a dudas, en el centro de Inglaterra las leyes del país y las costumbres de la época garantizaban la supervivencia incluso de una esposa no amada. No se toleraba el asesinato, los criados no eran esclavos, ni tampoco se vendían venenos ni pócimas para dormir, como el ruibarbo, en cualquier botica. Acaso en los Alpes y en los Pirineos no existían tipos humanos intermedios; allí, quien no era tan inocente como un ángel podía tener un carácter demoníaco. Pero en Inglaterra esto no ocurría; en el corazón y en las costumbres de los ingleses se daba en todos los individuos una mezcla, aunque desigual, del bien y del mal. Con este convencimiento, no le sorprendería encontrar incluso en Henry y Eleanor alguna imperfección en el futuro, y tampoco temía reconocer ciertos defectos en el carácter del general, quien, aunque a salvo de esas injuriosísimas sospechas, de las que ya siempre se avergonzaría, considerándolo todo seriamente, no le parecía una persona del todo estimable.