La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Aclaradas sus ideas en cuanto a estos diferentes puntos y habiendo adoptado la resolución de juzgar y actuar en lo sucesivo siempre con el máximo sentido común, no le quedó más que perdonarse a sà misma y sentirse más contenta que nunca, a lo cual la indulgente mano del tiempo contribuyó no poco mediante imperceptibles gradaciones que se sucedieron a lo largo del dÃa. La asombrosa generosidad de Henry y su nobleza al no aludir nunca ni por asomo a lo ocurrido le sirvieron de gran ayuda, y antes de lo que hubiera podido suponer al comenzar sus apuros habÃa recuperado el buen humor y se encontraba en condiciones de mejorar aún más con todo cuanto él decÃa. Quedaba, sin embargo, una serie de cuestiones ante las que Catherine no podrÃa dejar de sentir siempre un estremecimiento (la referencia a ciertos muebles y armarios, por ejemplo). Detestaba también los objetos en laca japonesa de cualquier forma o tamaño. Pero ella misma reconocÃa que, por doloroso que fuera, el recuerdo ocasional de pasados desatinos podÃa resultar provechoso.