La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Sus novelescos temores pronto dejaron paso a las preocupaciones de la vida cotidiana. El deseo de recibir noticias de Isabella se acrecentaba día a día, y ardía en curiosidad por saber cómo se desenvolvía la vida en Bath y quiénes frecuentaban los salones del balneario. Le dominaba especialmente la preocupación de averiguar si Isabella había terminado de confeccionarse cierto vestido de muselina, empresa en que la había dejado ocupada, y el deseo de que continuase en los mejores términos con James. En cualquier caso, su única fuente de información era Isabella, pues James se había excusado de escribirle hasta regresar a Oxford y la señora Allen tampoco le había dado esperanzas de hacerlo hasta volver a Fullerton. Pero Isabella se lo había prometido una y otra vez, y cuando prometía algo ¡era tan escrupulosa a la hora de cumplirlo! Por eso resultaba tan sumamente extraño.
Durante nueve días consecutivos Catherine meditó sobre la repetición de su desengaño, que a cada mañana se tornaba más amargo, pero al décimo, cuando entraba en el comedor, lo primero que vio fue una carta que Henry, complaciente, le mostraba. Catherine se lo agradeció con las mismas muestras que si la hubiera escrito él mismo.
—Pero es de James —explicó mientras ella miraba el remite.
Catherine la abrió; estaba fechada en Oxford y decía así: