La Abadía de Northanger

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No había leído ni tres líneas cuando la repentina alteración de su semblante y sus breves exclamaciones de pesar y de sorpresa anunciaron a sus amigos que se trataba de malas noticias. Henry, que la había estado observando con atención mientras leía, vio a las claras que la carta no terminaba mejor de lo que empezaba. Sin embargo, no tuvo tiempo de manifestar siquiera su sorpresa debido a la entrada de su padre. El desayuno comenzó al instante, pero Catherine apenas pudo probar bocado y estuvo allí sentada con los ojos arrasados en lágrimas que le corrían incluso por las mejillas. La carta quedó unos momentos en su mano, luego en el regazo y finalmente en un bolsillo. La joven daba la impresión de no saber lo que hacía. Por suerte, el general, preocupado sólo por su cacao y su diario, no tenía tiempo para fijarse en ella; mas para sus hijos, la desolación de Catherine era perfectamente visible. Tan pronto como la joven se atrevió a abandonar la mesa, partió corriendo a su habitación, pero las criadas estaban muy atareadas recogiéndola y se vio obligada a bajar de nuevo. Acudió al salón buscando la intimidad, mas Henry y Eleanor se habían retirado allí y se encontraban en aquel momento hablando precisamente de ella. Catherine quiso ir a otra habitación tratando de disculparse, pero con tanta suavidad como firmeza fue obligada a quedarse allí, mientras ellos se iban al comedor y Eleanor le expresaba afectuosamente sus deseos de consolarla.


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