La Abadía de Northanger

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Después de estar durante media hora entregada a dolorosas meditaciones, Catherine se sintió con fuerzas para reunirse con sus amigos, pero si debía confiarles o no la causa de su aflicción era harina de otro costal. Si ellos le hacían una pregunta directa, les daría una respuesta aproximada o simplemente lo explicaría de pasada; pero nada más. ¿Cómo iba a poner en evidencia a una amiga? ¡Y a una amiga como Isabella! Además, estando el hermano de ellos tan directamente implicado en el asunto… Era preciso evitarlo a toda costa. Henry y Eleanor se encontraban en el salón del desayuno y, al verla entrar, se volvieron a mirarla con inquietud. Catherine se sentó ante la mesa y, tras un breve silencio, Eleanor le preguntó: —Espero que no sean malas noticias de Fullerton… Que el señor y la señora Morland y tus hermanos… no se hallen enfermos…

—No, no es eso, gracias —repuso ella entre suspiros—. Están todos muy bien. La carta es de Oxford.

Durante unos momentos nadie dijo nada. Luego, llorosa, Catherine siguió hablando:

—Nunca más desearé recibir una carta.

—Lo siento —dijo Henry cerrando el libro que acababa de abrir—. Si hubiera sospechado que contenía algo desagradable, no se la habría entregado tan alegremente.

—Contiene algo peor de lo que nadie pueda imaginar. El pobre James es tan desdichado… Pronto sabrán por qué.


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