La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger En la mesa no pudo dejar de observar que la abundancia de las viandas no causaba el menor asombro al general, el cual, por el contrario, recurrÃa a una mesa supletoria para buscar los fiambres que no encontraba en la grande. Lo que observaban sus hijos era de Ãndole muy diferente: rara vez lo habÃan visto comer fuera de casa con tanto apetito, y nunca antes le habÃa preocupado tan poco lo aceitosa que estaba la mantequilla derretida.
A las seis, cuando el general hubo terminado su café, volvieron a meterse en el carruaje, y tan grato habÃa sido el comportamiento del general durante toda la visita, tan segura estaba Catherine de lo que esperaba de ella, que si hubiera tenido la misma seguridad respecto a los deseos de su hijo, habrÃa abandonado Woodston con muy poca inquietud respecto a cómo y cuándo volverÃa allÃ.