La Abadía de Northanger

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Este cumplido absorbió toda la mente de Catherine haciéndole perder el habla, y aunque el general le pidió intencionadamente su opinión sobre el color del empapelado y los tapices, no pudo obtener de ella nada que se asemejara a una opinión sobre el asunto. Sin embargo, la influencia de nuevas cosas que ver y el aire fresco contribuyeron en buena medida a disipar estas turbadoras meditaciones, y cuando alcanzaron la parte ornamental del jardín, que consistía en un sendero que discurría en torno a una pradera, obra en la que Henry había empezado a mostrar su ingenio medio año antes, la joven se hallaba suficientemente recuperada para afirmar, aunque no se veía un solo arbusto más alto que un banco verde que había en una esquina, que le parecía más hermoso que cualquier otro parque que hubiera visitado antes.

Y dando un paseo por otras praderas y por una parte del pueblo, haciendo una visita a los establos para contemplar algunas mejoras y jugando un momento con una camada de cachorros que apenas tenían el tamaño justo para retozar, dieron las cuatro, aunque Catherine no pensaba que fuesen siquiera las tres. Las cuatro era la hora de cenar, porque a las seis debían emprender el regreso. ¡Nunca se le había pasado tan rápido un día!



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