La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger La habitación era espaciosa, bien proporcionada y cumplía con elegancia las funciones de salón y comedor. Salieron de ella para dar una vuelta por el resto de la casa; mostraron primero a Catherine una sala de menor tamaño, que pertenecía a todas luces al señor de la casa y había sido especialmente ordenada para aquella visita; después, lo que estaba destinado a ser el salón y cuya apariencia, aun sin muebles, produjo en Catherine suficiente admiración para que el general quedara satisfecho. Era una sala de dimensiones armoniosas, con ventanas hasta el suelo y hermosas panorámicas, aunque sólo se veían verdes praderas. Catherine se apresuró a expresar su admiración con toda la sincera simplicidad con que la sentía:
—¡Oh! ¿Por qué no arregla esta habitación, señor Tilney? ¡Qué lástima no tenerla arreglada! ¡Es la habitación más bonita que he visto en mi vida! ¡La más bonita del mundo!
—Confío que será amueblada con la máxima prontitud —dijo el general sonriendo muy satisfecho—, sólo le falta el toque de buen gusto de una dama.
—Bueno, si fuera mi casa, no iría a ningún otro sitio. ¡Oh! ¡Qué maravilla aquella casita entre los árboles!, y con manzanos además. ¡Es la casita más preciosa…!
—Le gusta, la aprueba como objeto, y eso basta. Henry, acuérdate de que se lo diga a Robinson. Esa casa rio se toca.