La Abadía de Northanger

La Abadía de Northanger

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Al entrar en la casa, Catherine estaba demasiado abrumada para poder observar o decir gran cosa, y hasta que el general no le pidió opinión, apenas se había hecho una idea de cómo era la habitación donde se hallaba. Entonces, al mirar a su alrededor advirtió que se encontraba en la habitación más confortable del mundo; pero como sentía demasiado reparo para expresarlo, la frialdad de sus elogios decepcionó al padre de Henry.

—Yo no digo que sea una gran casa —opinó él—, no es comparable a Fullerton ni a Northanger. Es una simple casa rectoral, pequeña y recogida, lo reconocemos, pero creo que está bien y es habitable; y no es, desde luego, inferior a la generalidad. Dicho sea de otro modo, dudo que haya en Inglaterra muchas casas parroquiales que estén la mitad de bien dotadas. Sin embargo, puede admitir mejoras, lejos de mí el decir lo contrario; tal vez añadir un arco o cualquier otra cosa dentro de lo razonable; aunque, entre nosotros, debo confesar que si hay algo que deteste es un arco mal hecho.

Apenas Catherine escuchó estas palabras comprendió y se sintió dolida por ella, pero como Henry sacó a colación estudiadamente otros temas, y al mismo tiempo un criado trajo una bandeja con un abundante refrigerio, el general fue en seguida devuelto a su estado de satisfacción y Catherine a su habitual tranquilidad de espíritu.


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