La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Llegó, y exactamente cuando se le podía esperar. Hacía buen tiempo, y Catherine no cabía en sí de gozo. A las diez en punto el carruaje salió de la abadía conduciendo a los tres, y tras un agradable trayecto de casi veinte millas entraron en Woodston, pueblo grande y populoso situado en un enclave nada despreciable. Catherine sentía vergüenza de manifestar lo bonito que le parecía, mientras que el general se consideraba en la obligación de disculpar la monotonía del paisaje y el tamaño del pueblo. En su fuero interno, Catherine lo prefería a cualquier lugar de los que conocía y se quedaba mirando llena de admiración cualquier casa bien levantada que superase la categoría de casita de pueblo, así como todas las tiendecitas ante las que pasaban. En el extremo más alejado del pueblo, y bastante apartada del resto, se encontraba la casa rectoral, un sólido edificio de piedra recientemente construido con paseo de acceso semicircular y verjas verdes. Cuando avanzaban hacia las puertas, vieron a Henry, que con un gran cachorro de labrador y dos o tres terriers, sus compañeros de soledad, los esperaba para recibirlos con todos los honores.