La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Sin embargo, desde el sábado hasta el miércoles no disfrutarÃan de la presencia de Henry. Ésta era la triste conclusión de todas sus reflexiones; y seguro que la carta del capitán Tilney llegarÃa en su ausencia. Y el miércoles seguro que harÃa mal tiempo. Pasado, presente y futuro se hallaban igualmente envueltos en la tristeza. ¡Su hermano era tan desgraciado y su equivocación con Isabella habÃa sido tan grande! ¡Y el humor de Eleanor siempre se veÃa tan afectado por la ausencia de Henry! ¿Qué habÃa que le interesara o divirtiera? Estaba cansada de bosques y huertas, siempre tan bien cortados y tan secos; y la abadÃa en sà ya no significaba más que cualquier otra vivienda. El penoso recuerdo de los desvarÃos que habÃa contribuido a alimentar y perfeccionar era lo único que podÃa resultar de una reflexión sobre el edificio. ¡Qué revolución en sus ideas! ¡Ella que tanto habÃa anhelado estar en una abadÃa! Ahora no habÃa nada tan fascinante para su imaginación como la comodidad sin pretensiones de una casa rectoral bien distribuida; como Fullerton, pero mejor; Fullerton tenÃa sus defectos, pero Woodston probablemente no. ¡Qué ganas tenÃa de que llegara el miércoles!