La Abadía de Northanger

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—Pero ¿cómo puede ocurrírsele una cosa así, después de lo que ha dicho su padre? Ha manifestado claramente su deseo de que la visita no le causara preocupaciones; ha dicho que con cualquier cosa nos arreglaríamos.

Henry se limitó a sonreír y ella continuó:

—Estoy segura de que es del todo innecesario, por lo que a su hermana y a mí se refiere. Debería usted saber que es así, y el general insistió tanto en que no hiciera nada especial… Además, incluso si no hubiera expresado la mitad de lo que digo, él suele comer siempre tan extraordinariamente en casa que porque un día haga una comida regular no significaría nada.

—Me gustaría poder razonar como usted, por él y por mí. En fin, adiós. Eleanor, mañana es domingo, así que no vendré.

Se marchó, y dado que en cualquier caso resultaba más sencillo para Catherine dudar de su propio juicio que del de Henry, pronto se vio obligada a admitir que, por desagradable que le pareciera, su amigo estaba en lo correcto al marcharse. Pero la inexplicable conducta del general ocupaba en gran medida sus pensamientos. Que él se mostraba sobremanera exigente en sus comidas era algo que Catherine había descubierto por propia observación, pero resultaba inexplicable que siempre que decía una cosa con tanta seguridad quisiera decir otra. ¿Cómo se podía entender a la gente? ¿Quién, sino Henry, podría haber comprendido lo que quería decir su padre?


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