La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger La invitación a un baile no habrÃa sido mejor recibida por Catherine, tan grandes eran sus deseos de conocer Woodston. El corazón le brincaba todavÃa de alborozo cuando, una hora después, Henry, con botas y sobretodo, se presentó en la sala donde ella y Eleanor se encontraban sentadas.
—Vengo, señoritas, en vena muy moralizadora, para recordarles que los placeres en este mundo se pagan siempre, y a veces muy caros, entregando felicidad contante y sonante a cambio de una inversión en el futuro que puede no rendir beneficios. Véanme a mà en la hora presente: con la esperanza de tener la dicha de recibirlas el miércoles en Woodston, lo que el mal tiempo u otras mil causas pueden impedir, debo marcharme al punto, dos dÃas antes de lo previsto.
—¡Marcharse! —exclamó Catherine con gesto muy sorprendido—, y ¿por qué?
—¿Por qué? ¿Cómo puede hacer esa pregunta? Pues porque no puedo perder un instante en meterle prisa al ama de llaves…, porque tengo que ir a preparar la comida para que esté lista cuando vengan.
—¡No lo dirá en serio!
—Pues sÃ, y con verdadero pesar… porque preferirÃa quedarme.