La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Bueno, bueno, nos arriesgaremos a ir un dÃa de éstos. No hay necesidad de fijarlo. No queremos de ningún modo que incumplas tus obligaciones. Nos arreglaremos con lo que tengas en casa. Creo que me puedo permitir, en nombre de estas señoritas, ser indulgente con la mesa de un soltero. Veamos: el lunes andarás ajetreado, ese dÃa no iremos; el martes soy yo quien tiene el dÃa ocupado. Por la mañana espero al agrimensor de Brockham con su informe, y después no puedo en justicia dejar de asistir al club. La verdad, no podrÃa mirar a la cara a mis amistades si no fuese a verles ahora; saben que estoy en la región y lo tomarÃan muy mal; porque es norma mÃa, señorita Morland, no ofender nunca a mis vecinos si puede evitarse con un pequeño sacrificio de tiempo y atención. Son unas gentes muy respetables. Reciben medio ciervo de Northanger dos veces al año y ceno con ellos siempre que puedo. Por tanto, el martes digamos que será imposible. Pero el miércoles, creo, puedes esperamos. Estaremos temprano allà y asà tendremos tiempo para visitar los alrededores. Calculo que dos horas y tres cuartos serán suficientes para llegar a Woodston, y nos pondremos en marcha a las diez; asà que podrÃas esperarnos el miércoles a eso de la una menos cuarto.