La Abadía de Northanger

La Abadía de Northanger

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Transcurrieron uno o dos días sin que llegaran noticias del capitán Tilney. Sus hermanos no sabían qué pensar. Unas veces creían que aquel silencio era el resultado natural del sospechado compromiso, y otras, que no era en absoluto compatible con él. Entretanto, el general, aunque molesto cada mañana por el descuido de Frederick en escribir, no sentía la menor preocupación por él ni tenía otro afán que hacerle pasar a la señorita Morland una estancia agradable en Northanger. A menudo expresaba con palabras la inquietud de su mente: tal vez la monotonía de sus amigos y las tareas cotidianas la hicieran odiar aquel lugar, deseaba que las señoritas Fraser hubieran estado en su casa de campo, hablaba de cuando en cuando de organizar una gran fiesta o una cena, y una o dos veces llegó incluso a hacer un cálculo del número de jóvenes que bailaban en la comarca. Sin embargo, en aquella época del año estaba todo muerto; no había caza menor ni monterías, y las Fraser no se hallaban en su casa de campo. Su preocupación concluyó por fin una mañana en que le dijo a Henry que, la próxima vez que fuese a Woodston, se dejarían caer un día para comer cordero con él. Henry se sintió muy honrado y contento, y Catherine completamente entusiasmada con el plan.

—Y ¿cuándo cree usted que tendré ese placer? He de ir a Woodston el lunes para asistir a la reunión parroquial, y probablemente tenga que quedarme dos o tres días.


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