La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Sin embargo, estaban tan firmemente convencidos de que a su hermano Frederick le faltarÃa el valor necesario para solicitar en persona el consentimiento de su padre, y le aseguraron a Catherine tan reiteradamente que nunca habÃa sido tan improbable que el capitán acudiese a Northanger como en aquellos momentos, que Catherine se dejó tranquilizar en lo tocante a una repentina marcha suya de la abadÃa. Pero como no cabÃa suponer que al formular su petición el capitán Tilney ofreciese a su padre una idea cabal de la conducta de Isabella, Catherine dio en pensar que serÃa muy conveniente que Henry le explicara el asunto tal como era, permitiéndole asà a su padre que se formase una opinión frÃa e imparcial y preparase sus objeciones con razones más justas que si se hallaban en desigualdad de condiciones. Sin embargo, cuando se lo propuso, éste no acogió la idea con el interés que ella habÃa esperado.
—No —dijo—, mi padre no necesita ayuda. Y no conviene anticiparse a la confesión del disparate de Frederick. Es preciso que él mismo cuente la historia.
—Pero sólo dirá la mitad…
—Con una cuarta parte bastarÃa.