La Abadía de Northanger

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XXVI

Desde entonces el asunto fue debatido con frecuencia por los tres jóvenes, y Catherine descubrió con cierta sorpresa que sus dos amigos coincidían plenamente en considerar que la falta de relevancia social y de fortuna de Isabella constituirían probablemente serios escollos en el camino de su proyectada boda con Frederick. La seguridad que tenían de que el general, por esta única razón y al margen de las objeciones que pudieran hacerse al carácter de Isabella, se opondría al enlace, hizo que Catherine proyectara, no sin cierta alarma, aquellos sentimientos hacia sí. Ella era tan insignificante como Isabella, y acaso su dote sería igual de exigua que la suya; y si el primogénito de los Tilney no tenía suficiente grandeza y riqueza por sí mismo, ¿en qué punto de interés descansarían las exigencias de su hermano menor? Las dolorosísimas reflexiones a que estos hechos conducían sólo podían disiparse confiando en los efectos de esa especial simpatía que, como se le daba a entender mediante palabras y actos, Catherine había tenido la suerte de suscitar desde un principio en el general, y recordando los generosos y desinteresados comentarios que sobre el asunto del dinero le había oído pronunciar en más de una ocasión; esto la llevaba a pensar que sus amigos no comprendían la disposición de su padre en tales asuntos.


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