La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Desde entonces el asunto fue debatido con frecuencia por los tres jóvenes, y Catherine descubrió con cierta sorpresa que sus dos amigos coincidÃan plenamente en considerar que la falta de relevancia social y de fortuna de Isabella constituirÃan probablemente serios escollos en el camino de su proyectada boda con Frederick. La seguridad que tenÃan de que el general, por esta única razón y al margen de las objeciones que pudieran hacerse al carácter de Isabella, se opondrÃa al enlace, hizo que Catherine proyectara, no sin cierta alarma, aquellos sentimientos hacia sÃ. Ella era tan insignificante como Isabella, y acaso su dote serÃa igual de exigua que la suya; y si el primogénito de los Tilney no tenÃa suficiente grandeza y riqueza por sà mismo, ¿en qué punto de interés descansarÃan las exigencias de su hermano menor? Las dolorosÃsimas reflexiones a que estos hechos conducÃan sólo podÃan disiparse confiando en los efectos de esa especial simpatÃa que, como se le daba a entender mediante palabras y actos, Catherine habÃa tenido la suerte de suscitar desde un principio en el general, y recordando los generosos y desinteresados comentarios que sobre el asunto del dinero le habÃa oÃdo pronunciar en más de una ocasión; esto la llevaba a pensar que sus amigos no comprendÃan la disposición de su padre en tales asuntos.