La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —James merece sin duda ser compadecido en estos momentos, pero en nuestra preocupación por sus sufrimientos no debemos menospreciar los de usted. Supongo que al perder a Isabella siente que pierde la mitad de sà misma, experimenta un vacÃo en el corazón que nada puede colmar. Quienes la rodean le producen fastidio, y en cuanto a las diversiones que solÃa usted disfrutar en Bath, la idea misma de imaginarlas sin ella le parece aborrecible. Por ejemplo, no acudirÃa a un baile por nada del mundo. Piensa que ya no existe un solo amigo con quien pueda hablar sin reservas, alguien de cuya estima pueda usted estar segura o en cuyo consejo pueda usted confiar en cualquier dificultad. Piensa todo eso, ¿verdad?
—No —repuso Catherine tras unos momentos de reflexión—. No lo pienso. ¿DeberÃa pensarlo? A decir verdad, aunque me siento herida y apenada y no puedo seguir estimándola, aunque no deseo volver a oÃr hablar de ella, tampoco me siento tan tremendamente afligida como se podrÃa creer.
—Piensa, como es habitual en usted, lo que más ennoblece a la naturaleza humana. DeberÃan estudiarse tales sentimientos para que se conocieran.
Catherine advirtió que, por alguna razón, esta conversación habÃa aliviado tanto sus penas que no se arrepentÃa de haberse dejado convencer, de manera tan inexplicable, para hablar del hecho que las habÃa motivado.