La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Henry no pudo cumplir la orden de su padre de quedarse permanentemente en Northanger atendiendo a las damas durante su estancia en Londres, pues los compromisos de su coadjutor en Woodston le obligaron a abandonarlas el sábado para ausentarse un par de noches. Su ausencia no significaba ahora lo mismo que cuando el general estaba en casa; aunque les robaba algo de alegría, no les provocaba malestar a las dos jóvenes, que coincidían en sus ocupaciones y estrechaban cada vez más su amistad; se encontraron tan a gusto ellas solas que la noche en que se marchó Henry habían dado ya las once, hora bastante avanzada en la abadía, cuando abandonaron el comedor. Acababan de llegar a lo alto de las escaleras cuando creyeron percibir, en la medida en que la distancia y el grosor de las paredes les permitían juzgar, que se acercaba un carruaje. Un momento después se confirmó esta idea al oírse sonar con estrépito la campana de la puerta. «¡Dios santo! ¿Quién puede ser?», exclamaron sorprendidas, y Eleanor, que dedujo en seguida que se trataba de su hermano mayor, cuyas llegadas solían ser a menudo así de repentinas, aunque no tan inopinadas, se apresuró a bajar para darle la bienvenida.