La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Catherine era tan desgraciada que no podÃa sentir ya miedo. El viaje en sà no le inspiraba ningún temor y lo emprendió sin asustarle su duración ni sentir su soledad. Recostándose en un rincón del carruaje y presa de violentos sollozos, se hallaba ya a varias millas de la abadÃa cuando pudo levantar la cabeza, volverse a mirar hacia atrás y advertir que el punto más elevado del parque abacial estaba casi fuera de su vista. Por desgracia, la carretera que ahora utilizaba era la misma que sólo diez dÃas antes habÃan usado tan felizmente para visitar Woodston; y durante catorce millas, todos sus amargos sentimientos se vieron agudizados al volver a contemplar los objetos que habÃa observado antes bajo impresiones tan diferentes. Cuanto más se aproximaba a Woodston, más se acentuaban sus sufrimientos, y cuando estaba a cinco millas de distancia y pasó ante la desviación que conducÃa al pueblo, pensó en Henry, tan próximo y sin embargo tan ignorante de lo que ocurrÃa, y su dolor y su agitación fueron enormes.