La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Había otra cuestión que la señorita Tilney quería resolver, aunque le avergonzaba un poco hablar de ello. Había pensado que, tras una ausencia tan prolongada de su casa, a Catherine podría faltarle el dinero necesario para los gastos del viaje, y al sugerírselo con las más afectuosas ofertas de adelantárselo, supo que era exactamente el caso. Catherine, que nunca había pensado en el asunto hasta entonces, se dio cuenta al examinar su bolsillo de que si no hubiera sido por la cortesía de su amiga se habría quedado en la calle sin siquiera los medios de llegar a su casa; y como los apuros que habría pasado necesariamente ocuparon por completo la mente de las dos jóvenes, durante el tiempo que permanecieron juntas apenas dijeron una palabra más. Pero el tiempo apremiaba. Pronto anunciaron que el coche estaba listo, y Catherine, levantándose, se unió con su amiga en un largo y afectuoso abrazo que sustituyó a las palabras de despedida. Cuando entraban en el vestíbulo, incapaz de abandonar la casa sin mencionar a aquel cuyo nombre no había pronunciado todavía ninguna de las dos, se detuvo un momento y murmuró con labios trémulos que se marchaba «con el amable recuerdo de su ausente amigo». Mas con esta aproximación al nombre de Henry terminó toda posibilidad de contener sus sentimientos y, ocultando el rostro lo mejor que podía con el pañuelo, cruzó corriendo el vestíbulo, subió al coche y al cabo de un momento desapareció.