La Abadía de Northanger

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—Tienes que escribirme, Catherine —exclamó—, tienes que mandarme noticias tuyas lo antes posible. Hasta que no sepa que has llegado sana y salva a casa, no tendré una hora de sosiego. Sólo te pido una carta, por encima de todo riesgo y toda eventualidad. Déjame tener la satisfacción de saber que llegaste sana y salva a Fullerton y de que tu familia se halla en buen estado de salud, y entonces, hasta que pueda pedirte correspondencia como debo, no esperaré nada más. Dirígemela a casa de lord Longtown y, te lo pido por favor, mándala a nombre de Alicia.

—No, Eleanor. Si no te permiten recibir una carta mía, será mejor que no escriba. No te quepa duda de que llegaré a casa sana y salva.

Eleanor se limitó a responder:

—Tus sentimientos no pueden sorprenderme. Ni deseo importunarte. Confiaré en la propia bondad de tu corazón cuando esté lejos de ti.

Pero estas palabras y la mirada de pena con que iban acompañadas fueron suficientes para ablandar al momento el orgullo de Catherine, que se apresuró a decir:

—¡Oh, Eleanor! Claro que te escribiré.


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