La Abadía de Northanger

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Poco después de las seis, Eleanor entró en la habitación, deseosa de mostrarse atenta y ayudar en lo posible, pero muy poco quedaba por hacer. Catherine no había perdido el tiempo: estaba casi vestida y había terminado prácticamente las maletas. Al llegar Eleanor se le ocurrió a Catherine la posibilidad de que trajera un mensaje conciliatorio de su padre. ¿Qué había más natural que dejar que la irritación se olvidara y diera paso al arrepentimiento? Ahora había que saber hasta qué punto podían aceptarse con decoro las disculpas del general después de lo que había pasado. Pero de nada le habría servido en ese momento; no era necesario, ni la clemencia ni la dignidad estaban a prueba. Eleanor no traía mensaje alguno. Muy poco hablaron durante su encuentro, sintiéndose más seguras las dos en el silencio; las frases que intercambiaron en el dormitorio mientras Catherine, en afanosa agitación, se arreglaba el vestido y Eleanor, con más buena voluntad que experiencia, se ocupaba de llenar el baúl, fueron pocas y triviales. Cuando todo estuvo listo, abandonaron la habitación. Catherine permaneció apenas medio minuto rezagada para lanzar una mirada de despedida a los bien conocidos y amados objetos, y bajó luego al comedor del desayuno, donde éste se encontraba preparado. Trató de comer algo, tanto por evitarse el dolor de ser apremiada como por no incomodar a su amiga; pero no tenía apetito y casi no probó bocado. Los contrastes entre aquel desayuno y el último que había tenido lugar en aquella habitación la hicieron sentirse aún más desgraciada y acentuaron su desagrado hacia todo lo que tenía ante sí. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas desde la última vez en que se encontró con los mismos alimentos en circunstancias bien diferentes. Con qué alegre seguridad, con qué tranquila aunque errada satisfacción había mirado ella entonces a su alrededor, disfrutando de todos los objetos presentes y sin temer apenas nada del futuro, salvo que Henry se marchara a Woodston a pasar un día. ¡Feliz desayuno aquél! Si Henry hubiera estado allí, se habría sentado junto a ella y la habría ayudado. Durante largo tiempo se sumió en estas reflexiones sin ser molestada por su amiga que, sentada a su lado, estaba tan enfrascada en sus propios pensamientos como ella misma. La aparición del carruaje fue lo que las sobresaltó y las devolvió al presente. Catherine se ruborizó al verlo y, sintiendo en toda su fuerza la afrenta de que era víctima al ser tratada así, durante unos breves momentos su corazón se llenó de rencor. Eleanor parecía ahora impulsada a ser decidida y hablar.


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