La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger La noche transcurrió despacio. Dormir o lograr un reposo que mereciera tal nombre resultaba imposible. Aquella habitación donde su desbocada imaginación la había atormentado en su primera noche era de nuevo escenario de sus agitados sentimientos e inquietos sueños. Con todo, cuán diferentes de antaño eran ahora las fuentes de su zozobra; cuánto más graves por su realidad y relevancia. Su inquietud se basaba en hechos; sus temores, en lo probable. Y teniendo la mente tan ocupada en la contemplación del mal verdadero y no imaginario, la soledad de su situación, la oscuridad de su alcoba, la antigüedad del edificio, eran percibidas y consideradas con la menor emoción. Aunque el viento soplaba con fuerza y producía a menudo por toda la casa bruscos y extraños sonidos, ella los escuchó despierta hora tras hora sin curiosidad ni terror.