La Abadía de Northanger

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El corazón de Catherine, henchido de pena, necesitaba desahogarse. Por razones de amistad y de orgullo había contenido el llanto en presencia de Eleanor, pero en cuanto ésta se marchó, la joven rompió a llorar a lágrima viva. ¡Expulsada de la casa! ¡Y de qué modo! Sin razón alguna que lo justificara, ni disculpa que reparase aquella brusquedad, aquella grosería, aún más: aquella insolencia. Y Henry lejos de allí; ni siquiera podría decirle adiós. Todas sus esperanzas, todas sus expectativas respecto a él, perdidas, al menos de momento. Y ¿quién podía decir hasta cuándo? ¿Quién sabe cuándo se volverían a encontrar? ¡Y todo ello por causa de una persona como el general Tilney, tan cortés, tan bien educado y, hasta entonces, tan especialmente encariñado con ella! Era tan incomprensible y humillante como doloroso. Pensar en las causas de aquella decisión y a qué hechos podría dar lugar le producía perplejidad y alarma. Aquel modo de proceder era completamente descortés; apremiarla sin contar para nada con su comodidad y no permitirle siquiera la menor oportunidad de objetar nada respecto a la hora o el modo en que haría el viaje. De dos días, se decidía que fuera el primero, y ése a la hora más temprana. Era como si hubieran decidido que partiese antes de que el general se despertase, para que no tuviera que verse obligado a encontrarse con ella. ¿Cómo debía interpretarse todo aquello sino como una afrenta intencionada? De algún modo, Catherine había cometido el error de ofenderle. Eleanor había preferido evitarle pensar algo tan penoso, pero Catherine no creía posible que una ofensa o una desgracia causada por otros pudiese provocar semejante animadversión hacia una persona sin relación, al menos aparente, con el asunto.


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