La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —De verdad —dijo por fin— que si le he ofendido, lo siento mucho. SerÃa lo último que se me hubiera ocurrido hacer. Pero no te entristezcas, Eleanor. Los compromisos hay que cumplirlos. Lo único que lamento es que el general no lo haya recordado antes, para poder haber escrito a casa. Pero eso tiene muy poca importancia.
—Espero sinceramente que, para tu seguridad, no la tenga en absoluto; pero, en cuanto a todo lo demás, reviste la mayor importancia: la comodidad, las apariencias, el decoro, tu familia, el mundo… Si tus amigos, los Allen, se hallaran todavÃa en Bath, podrÃas volver allà con relativa facilidad; en unas pocas horas habrÃas llegado. Pero hacer un viaje de setenta millas, en coche de posta, a tu edad, sola y sin ninguna compañÃa…
—Oh, lo del viaje no importa. No pienses en ello. Y si hemos de separarnos, da igual que sea horas antes o después. Estaré lista a las siete. ¿Te encargarás de que me avisen a tiempo?
Eleanor advirtió que deseaba estar a solas y, considerando que era preferible para las dos, interrumpió la conversación y se despidió de ella.
—Hasta mañana —dijo.