La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Apenas podÃa creerlo cuando me lo dijeron, pero por grande que sea el disgusto o el resentimiento que sientas, y hay razones de sobra para ello, no serán mayores que los mÃos. Mas ¡no debo hablar de mis sentimientos! ¡Si pudiera decirte algo que sirviese de atenuante! ¡Dios mÃo! ¡Qué dirán tus padres! ¡Después de que te hemos alejado de la protección de unos amigos de verdad… para traerte casi al doble de distancia de tu casa, sin tan siquiera las consideraciones de una elemental cortesÃa! Querida, queridÃsima Catherine, siendo portadora de este mensaje yo misma me siento culpable de esta injuria; sin embargo, confÃo en que me perdones, pues has permanecido en casa el tiempo suficiente para advertir que no soy más que la dueña nominal de ella, que mi poder real es nulo.
—¿Es que he ofendido al general? —preguntó Catherine con voz trémula.
—Ay, por mis impresiones como hija, todo lo que sé, todo lo que puedo responder es que no le has dado motivo justo de ofensa. Pero lo cierto es que está fuera de sÃ; rara vez lo he visto en tal estado. Desde luego no es persona de temperamento alegre, pero ha ocurrido algo que le ha enojado de un modo insólito; cierto desengaño, cierto disgusto que en este momento parece importante, pero en el cual me cuesta mucho suponer que hayas tenido que ver, porque ¿cómo es posible?
Sólo a duras penas consiguió Catherine volver a hablar, y si lo intentó, fue sólo por Eleanor.