La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Eleanor no contestó, y como los pensamientos de Catherine volaron en seguida hacia algo que le interesaba más, añadió pensando en voz alta:
—El lunes… ¡qué pronto! Y os vais todos. En fin, estoy segura de que… podré marcharme de cualquier modo. No tengo que hacerlo hasta que os vayáis vosotros, ¿no? No te preocupes, Eleanor, puedo irme el lunes perfectamente. El que mi padre y mi madre no hayan sido advertidos tiene muy poca importancia. Supongo que el general enviará a un criado conmigo, ¿no? Durante la mitad del trayecto… y luego llegaré en seguida a Salisbury, y allà estaré sólo a nueve millas de casa.
—¡Ah, Catherine! Si las cosas se hubieran previsto asÃ, no resultarÃa tan intolerable; aunque con atenciones tan elementales no te habrÃamos correspondido ni con la mitad de lo que te mereces… ¿Cómo explicártelo? Se ha decidido que nos abandones mañana, y ni siquiera puedes elegir la hora; se ha ordenado que el coche esté listo a las siete, y no se te ofrecerán criados.
Catherine, muda y sin aliento, se sentó.