La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Sin embargo, por grande que fuera la desolación de Catherine al aproximarse de este modo a la casa rectoral, y por grande que sea la humillación del cronista al relatarlo, estaba a punto de proporcionar una satisfacción insólita a aquellos con quienes iba a encontrarse; en primer lugar, por la aparición del vehículo, y en segundo lugar, por su presencia. Siendo los coches de punto una rareza en Fullerton, la familia entera se plantó de inmediato junto a la ventana, y al observar que el carruaje se detenía ante la verja principal, sintieron una dicha que iluminó todas las miradas y puso en movimiento la imaginación de todos; era una deliciosa sorpresa que nadie esperaba, excepto los dos hijos menores, un niño y una niña de seis y cuatro años que esperaban ver venir a un hermano o a una hermana en todos los coches que pasaban. ¡Dichosa la mirada que primero distinguió a Catherine! ¡Dichosa la voz que proclamó el descubrimiento! Sin embargo, nunca sabremos a ciencia cierta si esta dicha correspondió en justicia a George o a Harriet.