La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger El regreso a su pueblo natal de una heroína al término de sus andanzas con el aura de una reputación recobrada y toda la dignidad de una condesa, escoltada por una larga fila de nobles parientes en sus diferentes faetones y seguida de tres doncellas en otros tantos coches, es un acontecimiento en el que la pluma de un creador se detendrá con fruición; confiere credibilidad a cualquier final, y el autor participa de la gloria que tan pródigamente otorga. Pero mi asunto es muy diferente: nuestra protagonista regresa a su hogar sola y desgraciada y no hay ningún júbilo en su espíritu que pueda inducirnos a la minuciosidad descriptiva. Una heroína a bordo de un triste coche de posta produce tal impresión en los sentimientos de cualquiera, que el tema no admite ninguna aproximación a la grandeza o al patetismo. Por tanto, dejemos que el cochero atraviese el pueblo a toda prisa ante la mirada de los grupos de gente endomingada y que la heroína descienda del coche rápidamente.