La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger De mala gana y tras muchos titubeos, comenzó ella entonces lo que al término de media hora podría ser calificado por la benevolencia de sus oyentes como una explicación, pese a que, de momento, difícilmente podían averiguar las causas o imaginar los pormenores de su repentino regreso. Y aunque distaban mucho de ser una familia de carácter susceptible, y no eran propensos a sentirse ofendidos y a sufrir amargos rencores, cuando supieron toda la historia comprendieron que aquello constituía una injuria que no podía pasarse por alto ni, durante la primera media hora, perdonarse con facilidad. Aunque sin dramatizar la importancia del largo viaje que su hija se había visto obligada a emprender, el señor y la señora Morland no podían menos que suponer que debía de haberle causado una gran incomodidad, y esto era algo que nunca hubieran deseado. Al forzarla con su decisión a efectuar el viaje, el general había actuado de una forma indigna e insensible; no se había comportado como un caballero ni como un padre. Las razones que lo habían movido a obrar así, a privar a la joven de su hospitalidad de aquel modo y a tornar de repente toda la simpatía que sentía por ella en verdadero rencor, constituían una cuestión que los Morland se encontraban tan lejos de adivinar como la propia Catherine; pero ello no les inquietó de ninguna manera por mucho tiempo y, tras unos momentos de inútiles conjeturas, concluyeron que «era un asunto sorprendente y el general debía de ser una persona extraña», lo cual daba lugar a su indignación y asombro. Por su parte, Sarah, que todavía se entregaba al placer de manifestar el carácter incomprensible de los hechos, profería exclamaciones y hacía cébalas con juvenil ardor.