La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Hija mÃa, te estás desasosegando innecesariamente —dijo por fin la madre—, Tenlo por seguro, se trata de algo que no merece la pena intentar comprender.
—Admitamos que al recordar su compromiso quisiera que Catherine se marchara —continuó Sarah—. Pero ¿por qué no hacerlo de una manera educada?
—Lo siento por sus hijos —se lamentó la señora Morland—; han debido de pasar un mal rato a cuenta de ello. Pero respecto a todo lo demás, no importa ahora; Catherine está segura en casa, y nuestra tranquilidad no depende del general Tilney.
Catherine exhaló un suspiro.
—Bien —continuó su filosófica madre—, me alegra no haber tenido antes noticia de tu viaje; aunque, ahora que está ya concluido, tal vez no se haya producido ningún mal irreparable. En cualquier caso es bueno obligar a los jóvenes a que se esfuercen, y tú sabes, querida Catherine, que siempre has sido una pobrecita atolondrada; pero ahora no te ha quedado más remedio que utilizar el seso con los cambios de carruajes y esas cosas. En fin, espero que no resulte después de todo que te has dejado algo en alguno de los maleteros.