La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger También Catherine lo esperaba y trataba de sentir interés por enmendarse, pero tenía el ánimo bastante decaído, y como su único deseo se cifraba en hallarse sola y en silencio, aceptó de buena gana el consejo de su madre de retirarse pronto a la cama. Sus padres, no viendo en su mal aspecto y agitación más que la consecuencia natural de unos sentimientos heridos y el desusado esfuerzo y la fatiga de un viaje como aquél, se despidieron de ella sin la menor duda de que se dormiría pronto. Cuando la volvieron a ver a la mañana siguiente, aunque se había recuperado menos de lo que esperaban, seguían estando lejos de sospechar la existencia de mayores males. Ni una sola vez pensaron en un asunto del corazón, lo que, para los padres de una joven de diecisiete años que acababa de regresar de su primera salida de casa, era bastante extraño.