La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger —De verdad que me saca de quicio el general. ¡Un hombre tan agradable y noble como parecía! Señora Morland, no se puede imaginar qué hombre más educado. Ocuparon su residencia al día siguiente de irse ellos, Catherine. Pero no hay de qué sorprenderse; en Milsom Street, imagínate…
De regreso a casa, la señora Morland se esforzó por explicar a su hija la felicidad que constituía tener amigos tan firmes y sinceros como los Allen y la poquísima importancia que los desaires o las descortesías de unos simples desconocidos como los Tilney deberían tener para ella en tanto conservara la buena opinión y el cariño de sus viejos amigos. Aunque en todo esto había una buena dosis de sentido común, se dan en el espíritu humano ciertos estados de ánimo en los que aquél tiene muy poco ascendiente. Los sentimientos de Catherine negaban casi todas las opiniones que su madre manifestaba, y era de la conducta de esos simples desconocidos de la que dependía toda su felicidad actual, así que, mientras la señora Morland confirmaba el acierto de sus propias opiniones en relación a lo que ella imaginaba, Catherine pensaba en silencio que, en aquellos momentos, Henry debía de haber llegado a Northanger, que en aquel instante le decían que se había marchado y que, tal vez, justo entonces, la familia entera se ponía en camino rumbo a Hereford.