La Abadía de Northanger

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Catherine no dijo nada más y, esforzándose por obrar bien, se aplicó a su labor. Pero, sin darse cuenta, a los pocos minutos volvió a caer en la languidez y la indolencia revolviéndose en la butaca y pasando de la irritación al hastío con más rapidez de lo que movía la aguja. La señora Morland contemplaba el progreso de esta recaída, y encontrando en el aspecto ausente e insatisfecho de su hija la prueba palmaria de ese espíritu de queja al que empezaba ahora a atribuir el desánimo de su hija, y deseosa de no perder más tiempo en atajar tan horrible mal, salió rápidamente de la habitación para traer el susodicho libro. Como tardó algún tiempo en encontrar lo que buscaba y se cruzaron otros asuntos familiares que la entretuvieron, transcurrió un cuarto de hora antes de que bajara con el libro en que depositaba tantas esperanzas; pero dado que sus ocupaciones en el piso superior le habían impedido oír otros ruidos que los que ella misma producía, ignoraba que en los últimos minutos había llegado un nuevo visitante. Nada más entrar en la habitación, se encontró con un joven, al que nunca había visto antes, que se puso en pie al punto con el máximo respeto, y fue atentamente presentado por su hija como «el señor Henry Tilney». Éste, con la turbación de una persona sensible, se disculpó lo primero por hallarse allí, reconoció que después de lo sucedido no tenía ningún derecho a esperar ser recibido en Fullerton con agrado, y manifestó que el motivo de su intromisión no era otro que su impaciencia por asegurarse de que la señorita Morland había llegado a su casa sana y salva. La señora Morland no era una juez injusta ni tenía un corazón rencoroso. Lejos de culpar a los Tilney de la mala conducta de su padre, y dado que siempre había estado bien dispuesta hacia ellos, se alegró de la presencia del joven, le recibió con las sencillas manifestaciones de una sincera benevolencia, le agradeció haber tenido aquella atención para con su hija, le aseguró que los amigos de Catherine eran siempre bien recibidos allí y le suplicó que no dijera una palabra más sobre el pasado.


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