La Abadía de Northanger

La Abadía de Northanger

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El primero en engañarle había sido John Thorpe. Una noche, en el teatro, el general vio que su hijo prestaba considerable atención a la señorita Morland, y preguntó a Thorpe, que casualmente se encontraba por allí, si sabía de ella algo más que su nombre. Éste, encantado de hablar con un hombre de la importancia del general, se mostró afable y orgullosamente comunicativo, y como en aquella época se esperaba de un día para otro que Morland se comprometiese con Isabella y, además, él estaba bastante resuelto a casarse con Catherine, su vanidad lo llevó a presentar a los Morland como a una familia mucho más adinerada de lo que su soberbia y ambición le habían hecho creer. Con cualquier persona que se hallase o fuese probable que intimara, Thorpe se sentía empujado a conceder una relevancia social aún mayor de la que él se daba, y a medida que aumentaba su amistad con alguien, se incrementaba su fortuna. Por ello, las perspectivas económicas de su amigo, supervaloradas ya desde el principio, habían ido creciendo poco a poco desde que le presentaron a Isabella; añadiendo simplemente el doble de su fortuna actual, duplicando lo que dio en pensar que podía ser la renta del señor Morland, triplicando su patrimonio personal, otorgándole una tía de posibles y haciendo desaparecer a la mitad de los hermanos, se las compuso para presentar ante el general un cuadro de la familia sumamente respetable. Sin embargo, para Catherine, objeto preferente de la curiosidad del padre de Henry y de las lucubraciones de Thorpe, éste había reservado algo especial, y las diez o quince mil libras que el señor Morland podía concederle se vieron jugosamente engrosadas con las propiedades del señor Allen. Su intimidad con la familia había llevado a este buen señor a tomar la firme decisión de que Catherine recibiera en el futuro una considerable herencia; era, pues, natural que se hablase de ella como la heredera casi indiscutible de Fullerton. El general actuó a partir de estos datos, ya que nunca se le había ocurrido dudar de su veracidad. El interés de Thorpe por los Morland ante el inminente enlace de su hermana con uno de ellos y sus propios proyectos respecto a Catherine, asuntos de los que se jactaba casi con la misma franqueza, le parecieron al general prueba suficiente de su veracidad, a lo cual se sumaba el hecho innegable de que los Allen eran gente adinerada y no tenían hijos, que la señorita Morland se hallaba a su cuidado y, por lo que pudo comprobar tan pronto como los conoció, que la trataban con paternal amabilidad. El general tomó la decisión con rapidez. En el rostro de su hijo había advertido ya una atracción por la señorita Morland y, agradeciendo los informes de Thorpe, decidió no regatear esfuerzos en echar por tierra los proyectos de que éste alardeaba y dar al traste con sus más íntimas esperanzas. Catherine no era más ignorante de todos estos manejos que Henry y Eleanor, quienes, no viendo en la posición social de ella nada que pudiera despertar el especial respeto del general, contemplaron atónitos las repentinas, constantes y desmedidas manifestaciones de obsequiosidad de su padre. Y aunque últimamente, por algunas indirectas que le hizo, acompañadas casi de una verdadera orden de hacer todo cuanto estuviera en su mano por unirse a ella, Henry quedó convencido de que su padre consideraba el posible compromiso como algo muy ventajoso, hasta que se produjo la explicación en Northanger sus hijos no habían tenido la menor idea de los falsos cálculos que habían llevado al general a apresurarse. Éste conoció su error de labios de quien en un principio lo había motivado: el propio Thorpe, al que se encontró de nuevo y por casualidad en Londres. El joven, dominado por sentimientos diametralmente opuestos a los que experimentara la vez anterior, dolido por el rechazo de Catherine, y aún más por el reciente y fallido intento de lograr una reconciliación entre Morland e Isabella, teniendo por seguro que la ruptura era ya definitiva y desdeñando unas amistades que ya no podían serle útiles, se apresuró a desdecirse de todo cuanto le había contado en alabanza de los Morland. Confesó haber sustentado una opinión completamente equivocada respecto a su situación social y su carácter, haber sido llevado por la jactancia de su amigo a creer que su padre era una persona acaudalada y de buen nombre, cuando los tratos que había tenido con ellos en las dos o tres semanas anteriores habían demostrado que no era ninguna de las dos cosas; pues el señor Morland, tras aceptar ávidamente la propuesta de matrimonio entre las dos familias con las ofertas más generosas, se había visto obligado a reconocer, merced a la astucia de quien esto contaba, su incapacidad para conceder a los jóvenes una renta mínimamente digna. De hecho, eran una familia indigente y proletaria como pocas; no se le tenía el menor respeto en el vecindario, como había tenido últimamente ocasión de comprobar; pretendían llevar un tren de vida que sus ingresos no podían asegurarles, y aspiraban a escalar socialmente por medio de la fortuna de sus amigos. En suma, eran una familia de desvergonzados, presumidos e intrigantes.


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